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martes, 25 de octubre de 2016

UNA MADRE, de ALEJANDRO PALOMAS

Algunos dicen no recordar una tertulia tan "animada" como la que celebramos ayer, lunes 24 de octubre, en el IES Jorge Guillén de Torrox. 
Posiblemente influyó el deseo contenido de volver a vernos, tal vez nuestra biblioteca cobró vida para celebrar la efeméride de la jornada, el Día de las Bibliotecas Escolares, quizá también acompañó la alegría de esa lluvia tan esperada que cayó por la mañana. 
Hubo un poco de todo eso, ciertamente, pero por encima de todo hubo un libro que removió el espacio de nuestras emociones.
Una madre, de Alejandro Palomas es uno de esos libros que apuntan directamente al corazón. Con un lenguaje sencillo, sin retóricas innecesarias, sin tener que echar mano del diccionario, este autor se expresa con una precisión, con una sabiduría y una inteligencia tal que es capaz de conmover al más imperturbable ser humano.
Enredos, escenas surrealistas, ocurrencias que te arrancan más de una carcajada, te conducen sabiamente al más profundo análisis de los sentimientos más recónditos. Amalia es esa madre que representa un poco a todas las madres, pero que se convierte en algo tan especial que la hace ser una entre las otras. Ella sabe de sus hijos mucho más de lo que ellos sospechan. Es ciega para las apariencias, pero tiene una intensa luz que la hace gozar de una increíble intuición. Tiene miedo de que nuevamente en su familia "no se hablen las cosas importantes" y ha decidido reunir a los suyos junto a una mesa en un día muy especial. Quiere recibir el nuevo año desnuda, quiere que los suyos se despojen de sus máscaras y quiere que la verdad derrote a la inautenticidad de tantos momentos anteriores. Quizá porque se siente culpable de haber ocultado una realidad a sus hijos, quizá porque ha decidido que, aunque las verdades duelan, es mejor que negarlas.
Todos son supervivientes de dos pérdidas que han marcado por completo sus vidas. Por un lado, ese padre inexistente, desconocido, que ha dejado sin patrón y sin respuestas especialmente a su hijo Fer. Por otro lado, la abuela Ester, La madre con mayúsculas, esa que, de algún modo, ha determinado todo lo que los personajes son hoy, porque hay frases, vivencias y paisajes del pasado que explican aquello que somos hoy. La abuela Ester fue la verdadera artífice de esta familia hecha de "luces y sombras", de más sombras que luces.
Detrás de cada uno pesa una demoledora experiencia. Unos, han aprendido a vivir negando ese dolor y refugiándose en el trabajo; otros, disfrazan su soledad de historias inventadas para llamar la atención; otros, huyen de la vida volviendo al seno materno; otros, reviven cada día ese nefasto segundo que dejó sin terminar su nombre. Y, allí, tejiendo la historia, manejando la situación así como quien no quiere la cosa, y con la ayuda de su imprescindible amiga Ingrid, allí está una madre decidida a no permitir que esa cena sea una cena convencional más llena de ruidos y soledades, dispuesta a desmaquillar a todos y a cada uno de aquellos a los que quiere, porque "no tiene nada mejor que hacer", "porque una madre no tiene nada mejor que hacer" y porque sabe que "no se puede encontrar paz si evitamos la vida".
Una madre es una novela perfecta en sí misma y excelente para ser llevada al teatro. Haber delimitado un espacio, hacerla transcurrir a lo largo de una cena y hacer esas escapadas al exterior ha tenido un efecto prodigioso en los lectores. Al menos, en estos lectores que formamos esta tertulia y que hoy coincidimos en conceder a Alejandro Palomas un bien merecido sobresaliente.

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